miércoles, 15 de agosto de 2018

CARTA DEL MINISTRO NACIONAL A LA OFS DE ESPAÑA CON MOTIVO DEL 40 ANIVERSARIO DE LA REGLA DE PABLO VI

A todos los hermanos y hermanas de la Orden Franciscana Seglar, de CruSe y de la JuFra

¡Queridos hermanos! ¡Qué el Señor os dé su paz!

Este año celebramos el 40 aniversario de la Regla de la Orden Franciscana Seglar, aprobada por el Beato Papa Pablo VI el 24 de junio de 1978, con su carta "Seraphicus Patriarcha". La Regla es un precepto de vida para nosotros, franciscanos seglares, pero también es un documento de gran inspiración para los miembros de la JuFra, si quieren seguir a Cristo siguiendo los pasos de San Francisco. Por eso esta carta también va dirigida a los hermanos y hermanas de JuFra.

La Regla es un regalo, un tesoro de Dios, una llamada, una inspiración y un instrumento de vida y paz que muestra cuán grande es el amor de Dios y de la Iglesia para la Orden Franciscana Seglar. Es algo que no se puede comprar. Y como dijo San Juan Pablo II "es un verdadero tesoro en sus manos, está de acuerdo con el espíritu del Concilio Vaticano II y responde a lo que la Iglesia espera de ustedes". Así que tenemos que dar las gracias por este don, dar las gracias a Dios y a la Iglesia. Esta llamada de Dios ha sido insertada en nuestra Regla "sean poseedores de la bienaventuranza eterna", ¡Vivamos de una manera que nos lleve a la santidad!

Celebrar nuestra Regla es hacerla vivir, solo así seremos fieles a la propuesta de Jesús, que nos invita a amarnos cada uno como hermanos. Francisco de Asís nos dio el ejemplo de la gracia y de la conversión como un gran regalo que nos compromete a que sigamos el camino franciscano con coraje y amor. Nuestra Regla, que es verdaderamente franciscana, nos ayuda a descubrir cómo vivir nuestra vocación cada día, como debe ser nuestra vida cotidiana. La Regla, debe inspirarnos en cada momento de nuestra vida y aumentar nuestra conversión en Cristo.

La vida de un franciscano seglar no es una vida uniforme (Igual para todos), no. Somos diferentes y tenemos que levantar la cabeza, abrir los ojos y mirar a nuestro alrededor. ¡Descubramos la riqueza de Dios y la riqueza de nuestra vocación! La Regla no quiere conformarnos, sino unirnos dentro de nuestra diversidad.

Vivamos nuestra vocación en la Iglesia, en la sociedad, entre los pobres, entre los necesitados y los marginados del mundo, entre nuestros seres queridos, en el trabajo y en la fraternidad, respetemos la naturaleza y, por último, vivamos nuestra Regla reflexionando sobre el mismo carisma y la misma vocación.

Cual manantial en un bosque verde, una nueva vida siempre brota de la Regla. Así ha sido durante siglos. Sin embargo, los años pasan y el carisma franciscano sigue siendo el mismo, sigue siendo válido y debe vivirse más que nunca. El Beato Papa Pablo VI, escribió "Estamos felices de que el ‘Carisma Franciscano’ sea hoy una fortaleza para el bien de la Iglesia y de la comunidad humana.

Han pasado algo más de 800 años, pero la belleza y la alegría de la vida franciscana son siempre las mismas. Han pasado 40 años de estas frases del Papa Pablo VI y, la belleza y la alegría de la Regla no se han desvanecido en las nebulosas del tiempo. Debemos recordar a aquellos que trabajaron de forma intensa para lograr esta Regla, lo que también significó una renovación de la Orden. Recordemos a esas hermanas y esos hermanos, que iniciaron esta renovación, en primer lugar, Manuela Mattioli, que fue la primera Ministra General de la OFS, los Ministros Generales de la Primera Orden y de la Tercera Orden Regular, que siempre han apoyado este arduo trabajo con dedicación e ilusión y a todos aquellos hermanos y hermanas de una extensa lista, que de alguna forma contribuyeron a darnos esta Regla, como modo de vida evangélica y franciscana.

CONCLUSIÓN

En la Biblia, cuarenta años a menudo significaba un período de tiempo que separaba dos épocas o etapas distintas. Por ello os pido, que estos cuarenta años que nos han precedido, sirvan como un periodo de renovación personal y de seguimiento de la fe en Cristo Resucitado, al estilo de San Francisco y también, como el comienzo de una etapa en la que la Orden Franciscana Seglar, que en su condición Secular es única y verdadera Orden en la Iglesia, siga su vocación más comprometida cumpliendo de esta manera, su misión en la Iglesia y en el mundo de una manera más visible "provocando con este cambio radical interno a que todos nosotros seamos Evangelio vivo con nuestra conversión".

Con cariño fraternal. Vuestro ministro y hermano. 
Antonio Álvarez

viernes, 13 de julio de 2018

LO QUE NOS TRAE EL VERANO


¿El verano es el tiempo de la dictadura del sofá y de la tele? 

Rotundamente NO. Puede ser el tiempo de recuperar las cosas que hemos arrinconado debido a las prisas y a las ocupaciones cotidianas. Puede ser el tiempo para echar la vista atrás, ver el camino recorrido, discernir hacia dónde deben seguir nuestros pasos... Es otra oportunidad que Dios nos ofrece en su seguimiento.

Aprovechemos este verano para seguir creciendo y dar gracias por todo un curso y por todos los hermanos que hemos tenido a nuestro lado en los momentos alegres y en las dificultades.

lunes, 25 de junio de 2018

CARTA DEL MINISTRO GENERAL OFS CON MOTIVO DEL 40 ANIVERSARIO DE LA REGLA


El ministro general OFS Tibor Kauser ha escrito una carta a todos los hermanos con ocasión del 40 aniversario de la Regla actual y nos ha dirigido un mensaje en video. Pinchad en la carta para leerla completa.






jueves, 7 de junio de 2018

CARTA DEL OBISPO DE CARTAGENA SOBRE LAS CLASES DE EDUCACIÓN AFECTIVO-SEXUAL EN LA REGIÓN DE MURCIA


Murcia, junio del 2018

Queridos hermanos:

Unidos en los deseos de paz y comunión. Os escribo estas letras a propósito del sufrimiento que está ocasionando a muchas familias los intentos por parte de los poderes públicos y de las instituciones educativas de imponer una determinada y particular visión del hombre y de la sexualidad, especialmente a los niños y jóvenes. Escribo a toda la Iglesia que peregrina en la Diócesis de Cartagena con el deseo de animar y sostener a los padres en la maravillosa tarea educativa que Dios mismo os ha encomendado.

Recordad el derecho que os asiste como padres para que vuestros hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con vuestras propias convicciones, tal como afirma el artículo 27.3 de nuestra Constitución. Los poderes públicos han de garantizar este derecho.

Tal como nos recuerda el Papa Francisco (Amoris Laetitia, 84): la educación integral de los hijos es «obligación gravísima», a la vez que «derecho primario» de los padres. Estimo de grave importancia recordar que este derecho esencial e insustituible corresponde exclusivamente a los padres y que la tarea del Estado a este respecto se reduce a un servicio educativo meramente subsidiario.

Vivimos en una sociedad abierta y plural, donde las distintas experiencias religiosas y morales deben ser acogidas y respetadas de la misma forma en virtud de la libertad social e individual. Además, esta libertad es la base sobre la que construir puentes de diálogo y respeto que hagan de la sociedad murciana una sociedad verdaderamente más abierta, justa y tolerante.

Os animo, por tanto, a ejercer vuestra “obligación gravísima” y defender vuestro derecho inalienable haciendo todo el esfuerzo posible por conocer las leyes educativas; estando informados sobre los planes de estudios de vuestros hijos, así como de las actividades extraescolares y complementarias; a sabiendas de los excesos cometidos en los últimos meses en cuanto a sesiones formativas de carácter afectivo-sexual con una línea deseable para algunos pero que no satisface a la mayoría. De todos es conocido que los centros educativos tienen la obligación, no solo de informaros expresamente sobre los contenidos de las actividades extraescolares y complementarias no curriculares de vuestros hijos, sino de adoptar aquellas medidas organizativas que garanticen la presencia de un docente del centro durante el desarrollo de tales actividades. En caso de no recibir tal información, debéis exigir a la dirección de los centros la oportuna responsabilidad como titulares de la administración educativa.

No olvidéis la conveniencia de participar en charlas, jornadas y conferencias que sirvan para comprender adecuadamente las distintas teorías y corrientes de pensamiento actuantes en nuestra sociedad; participad en las AMPAS de los centros educativos, así como en iniciativas sociales, plataformas, asociaciones que, respetando la libertad de todos, promuevan el derecho a la educación de acuerdo con el modelo elegido por los padres.

No quisiera concluir sin hacer presente a la familia como el mejor lugar para educar a vuestros hijos, haciéndolos crecer con un amor incondicional. Por ello, me hago eco de las palabras de San Juan Pablo II (Familiaris Consortio, 36), que resuenan hoy en toda su fuerza: No puede olvidarse que el elemento más radical, que determina el deber educativo de los padres, es el amor paterno y materno que encuentra en la acción educativa su realización, al hacer pleno y perfecto el servicio a la vida. El amor de los padres se transforma de fuente en alma, y por consiguiente, en norma, que inspira y guía toda la acción educativa concreta, enriqueciéndola con los valores de dulzura, constancia, bondad, servicio, desinterés, espíritu de sacrificio, que son el fruto más precioso del amor.

Con mis mejores deseos, invoco a Dios Nuestro Señor, para que nos conceda ser respetuosos con todos, a la vez que animosos para defender el derecho de los padres a ser protagonistas de la educación de sus hijos. Cordialmente

+​José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena

miércoles, 30 de mayo de 2018

CÓMO ALCANZAR LA SANTIDAD EN LA VIDA COTIDIANA


En palabras del Papa Francisco “la llamada a la santidad, que es la llamada normal, es la llamada a vivir como cristiano, y vivir como cristiano es lo mismo que decir ‘vivir como santo’. Muchas veces pensamos en la santidad como una cosa extraordinaria, como si consistiera en tener visiones o rezar oraciones elevadísimas. Algunos piensan que ser santo significa tener una cara de imagen religiosa. No. Ser santo es otra cosa”.

“¿Qué es caminar hacia la santidad? Pedro lo dice: ‘Poned toda vuestra esperanza en aquella gracia que se os dará cuando Jesús se manifieste’”. Por lo tanto, “caminar hacia la santidad consiste en caminar hacia aquella gracia que viene al encuentro, caminar hacia la esperanza, permanecer en tensión hacia el encuentro con Jesucristo”.

El Papa lo comparó con cuando se camina hacia una luz y esa luz evita que se vea bien el camino: “Pero no nos equivocamos porque vemos la luz y conocemos el camino”. Por el contrario, “cuando caminamos con la luz a la espalda, se ve bien el camino, pero en realidad delante de nosotros hay sombras, no luz”.

Para caminar hacia la santidad, “es necesario ser libres y sentirse libres”. En este sentido, advirtió que “hay tantas cosas que nos esclavizan…”. Por eso, Pedro “exhorta a no conformarse con los deseos de los tiempos en que vivíais en la ignorancia”.

También Pablo, en la Primera Carta a los Romanos, “recomienda no caer en los esquemas humanos, en el modo de pensar mundano, en el modo de pensar y de juzgar que te ofrece el mundo, porque eso te quita la libertad, y para andar hacia la santidad es necesario ser libres: la libertad de caminar mirando la luz, de ir adelante. Y cuando regresamos al modo de vivir que teníamos antes del encuentro con Jesucristo, o cuando regresamos a los esquemas del mundo, perdemos la libertad”.

Además, recordó cómo en el Libro del Éxodo se narra que muchas veces el pueblo de Dios se negaba a mirar adelante, hacia la salvación, y preferían mirar hacia el pasado “lamentándose y recordando la buena vida que llevaban en Egipto, donde comían cebollas y carne. En los momentos de dificultad, el pueblo regresa atrás. Pierde la libertad. Es cierto que comían cosas buenas, pero en la mesa de la esclavitud”.

“En el momento de la prueba, siempre tenemos la tentación de mirar hacia atrás, de mirar a los esquemas del mundo, a los esquemas que teníamos antes de comenzar el camino de la salvación, sin libertad. Y sin libertad no se puede ser santo. La libertad es la condición para poder caminar mirando la luz hacia adelante”.

Francisco animó a “no entrar en los esquemas de la mundanidad. Hay que caminar adelante, mirando a la luz que es la promesa, con esperanza”. Recordó que el Señor “llama todos los días a la santidad”, y señaló dos medidas para comprobar si se avanza hacia la santidad: “en primer lugar, si miramos la luz del Señor en la esperanza de encontrarlo. En segundo lugar, si cuando llegan las pruebas miramos adelante y no perdemos la libertad refugiándonos en los esquemas mundanos”.

Fuente: Aciprensa

martes, 29 de mayo de 2018

LA ALEGRÍA ES LA RESPIRACIÓN DEL CRISTIANO


Durante la Misa celebrada este lunes 28 de mayo en la Casa Santa Marta, el Papa Francisco estableció una clara diferencia entre la alegría cristiana y la alegría que solo tiene como fin el divertimento. En su homilía, el Santo Padre explicó que la alegría “es la respiración del cristiano”, y se trata de una alegría hecha de verdadera paz, no engañosa como la alegría que ofrece la cultura actual que “se inventa tantas cosas para divertirnos”.

“La alegría cristiana es la respiración del cristiano, un cristiano que no es alegre en el corazón no es un buen cristiano. Es la respiración, el modo de expresarse del cristiano, la alegría. No es algo que se pueda comprar, o que se pueda lograr con esfuerzo. No. Es un fruto del Espíritu Santo. Aquel que nos da la alegría del corazón es el Espíritu Santo”, fueron las palabras de Francisco.

En este sentido, subrayó que el primer paso para obtener la alegría es la paz, y para obtener la paz hay que tener memoria: “No podemos, de hecho, olvidarnos de aquello que ha hecho el Señor por nosotros, regenerándonos a una nueva vida”.

El Pontífice señaló que memoria y esperanza son los dos componentes que permiten a los cristianos vivir en la alegría, no en una alegría vacía, sino en una alegría de “primer grado”.

“La alegría no es vivir de risa en risa. No, no es eso. La alegría no es ser divertido. No, tampoco es eso. Es otra cosa. La alegría cristiana es la paz. La paz que se encuentra en las raíces, la paz del corazón. La paz que solo Dios nos puede dar. Esa es la alegría cristiana. Y no es fácil custodiar esa alegría”.

Por ello, lamentó que en el mundo contemporáneo la sociedad se ha contentado con “una cultura donde se inventan “trocitos de dulce vida”, cosas “para divertirnos”, pero que no satisfacen plenamente. Por el contrario, la verdadera alegría, la que procede del Espíritu Santo, “vibra en el momento de las tribulaciones, en el momento de las pruebas”.

“Hay una inquietud buena, pero hay otra que no es buena, que es la de buscar la seguridad ante todo, la de buscar el placer ante todo”, concluyó el Papa.

Fuente: Aciprensa

viernes, 25 de mayo de 2018

¿CUÁNTAS VECES AL DÍA ESTÁS EN SILENCIO PARA ESCUCHAR TU INTERIOR?

Dios es Palabra, una voz que resuena, y que puede constituirse en un grito atronador. Dios es también silencio y quietud, que habla sosegadamente, llamándonos a una fina escucha. Dios comunica sus misterios, primordialmente por el silencio. Él desea ser escuchado. Quiere hablarnos, pero en su lenguaje, y a su manera. Para oírlo necesitamos, primeramente, ir acallando la invasiva bulla.

En estos tiempos en que la comunicación constituye una necesidad imperiosa, necesitamos hacer silencio para adentrarnos en nuestra propia interioridad, para aprender a transitar hacia nosotros mismos. También necesitamos hacer silencio para escuchar al otro, a quien la bulla cotidiana puede avasallar.

El silencio se hace más apremiante, aún, porque lo necesitamos para indagar sobre Dios, que habita en el tabernáculo silencioso de nuestra interioridad. Aquel será un ámbito de encuentro con el Padre, un “santuario” para conocerlo, para escuchar su voz, para aprender de su amor, porque Dios es la plenitud del amor, que se manifiesta por el acto de oblación más sublime: “Dios mandó al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él”. El amor de Dios consiste, “no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados”.

El silencio es la tierra sagrada para toparse con Yahvé; el suelo santificado que obligó a Moisés a descalzarse. Al hacerse hombre, Jesús va guiando nuestros pasos para que volvamos a posarnos en la tierra de Dios, plenitud de la paz y del consuelo; para que restablezcamos el diálogo perdido; para reencontrar la semejanza con el Padre, extraviada por el pecado original.

San Ignacio de Antioquía aporta una hermosa expresión, que avisa sobre el sendero callado: “Quien ha entendido las palabras del Señor, comprende su silencio; porque el Señor es conocido en su silencio”.

El silencio nos permite apreciar aquello que es esencial. En su obra “El Señor”, el gran teólogo Romano Guardini afirmaba que “en el silencio es donde suceden los grandes acontecimientos”.

Vivir el silencio constituye una necesidad capital para cualquier persona, más aún para el cristiano, porque en nuestro quehacer escuchamos un sinfín de palabras. El reto está en distinguir aquellas que son primordiales, porque en lo dicho se hace presente la Palabra divina, como la perla que se halla escondida en medio del campo y los abrojos. Dios continúa hablándonos, pero su voz fuerte y poderosa solamente puede ser apreciada en el silencio, alejado del bullicio que nos distrae.

Es penoso comprobarlo, pero nos hemos desacostumbrado a acoger el misterio, a prestar oídos al tesoro de la Palabra divina. La inapreciable joya es la Palabra que viene de Dios, la Palabra que es Dios. Sin embargo, se trata de una “presea” cada vez más inalcanzable, dado el entorno en que las mayorías convivimos y en que nos desarrollamos.

Vivimos en un mundo bullicioso, inundado de incesantes sonidos, emitidos por el tráfico vehicular, la TV, o los teléfonos inteligentes. La vida moderna proporciona enormes beneficios, juntamente con el abrumador bombardeo sensorial en la forma de ecos resonantes, multitudes estridentes y las demandas de los infaltables dispositivos electrónicos.

Todos los días nos sometemos a las presiones del ruido, de la palabrería y del agitado tumulto. ¿Quién puede sustraerse de la “contaminación” digital? Que familiar se nos hace entrar a un café, por ejemplo, donde cada persona que comparte las mesas está concentrada en su celular.

Algo análogo, aunque más preocupante, ocurre en la vida familiar, donde el foco de atención puede ser el IPad, el móvil o los video juegos. Sorprende ver a todos enfocados en los twiters, o en sus cuentas de Facebook, como si el destino de la humanidad dependiese de un dato o de una foto reciente, colocada en Instagram. A cuantos jóvenes y adultos vemos juntos, pero encerrados en sí mismos, aislados de los demás, apresados por sus audífonos, escuchando alguna música estridente.

El silencio constituye una alternativa a estas formas de bullicio. La investigación muestra que la quietud y el sosiego serenan la ansiedad. En este sentido, tenemos que nadar contracorriente, contra el ruido y las distracciones cotidianas que nos dificultan escuchar la propia voz, la del prójimo y, principalmente, la de Dios.

El cristiano necesita ser un tanto rebelde, porque requiere creer firmemente que el silencio constituye un valor esencial. Tiene que aprender a ser un contemplativo en medio del alboroto de la creación. Necesita descubrir cotidianamente la belleza aportada por el silencio y la serenidad de Dios.

La renuncia a la “dictadura del ruido” constituye un paso firme hacia la libertad auto poseída. Sería absolutamente irreal pretender que alguien podría estar en capacidad de “apagar”, aunque sea momentáneamente, la bulla del mundo. La tecnología, con sus luces y sombras, permanecerá, conformando un ámbito esencial de la existencia humana. Por ello, el silencio y la contemplación cumplen una misión primordial: en la dispersión de cada día nos ayudan a conservar una permanente conciencia de Dios y de nuestra identidad.

El gran valor del cristiano es constituirse en testigo de Dios en medio del mundo. De la mano de Dios podremos forjar un mundo más bondadoso y reconciliado. Pero el ser humano porta una naturaleza herida. Difícilmente podemos cegarnos ante sus rupturas, que lo sitúan en el llamado “territorio de la desemejanza”, un ámbito de lejanía, de mentiras existenciales y de subjetivismos.

Existen innumerables análisis y testimonios de su preocupante estado. Basta revisar diariamente los medios noticiosos. Ellos nos tienen acostumbrados a una selección de injusticias y crueldades. En el mejor de los casos, a una cultura de la distracción. Abunda la violencia que reaparece en los conflictos étnicos, religiosos y culturales. Es exacto hablar de un mundo en crisis.

Dios nos coloca un reto grandísimo para testimoniar su amor salvífico hacia el mundo. ¿Cómo podremos realizarlo? Con su ayuda. Admitiendo nuestras limitaciones y clamando por su gracia santificante.

Dios nos aguarda pacientemente, tocando la puerta de nuestro hogar. ¿Cómo responderle? De diversas maneras. No se trata de “encajonar el espíritu”, pero a Dios podemos hallarlo especialmente en la oración, en la meditación, en el anuncio de la Palabra, en los sacramentos, entre los desposeídos, sirviendo a los desamparados, escuchando al solitario. ¡También lo encontramos en el silencio!

El Papa Benedicto XVI sopesaba alguna vez este gran dilema, del llamado de Dios a las personas, tal como somos, con nuestras pobrezas y grandezas. “¿Cómo podremos, siendo parte de este mundo, con todas sus palabras, hacer presente la Palabra en las palabras, si no es mediante un proceso de purificación de nuestro pensar y de nuestras palabras? ¿Cómo podremos abrir el mundo -y en primer lugar a nosotros mismos- a la Palabra sin entrar en el silencio de Dios, del cual procede su Palabra?”, interrogaba. “Tenemos necesidad del silencio que se vuelve contemplación, que nos hace entrar en el silencio de Dios, y así llegar al punto donde nace la Palabra redentora”.

Hacerle especial espacio a la Palabra de Dios constituye un gran desafío, que exige de nosotros confianza, paciencia y humildad. Nos convierte en colaboradores de la verdad, voces de lo auténtico, porque nosotros no hablamos solamente en un río de palabras, sino que, confiando en la Palabra, la verdad podrá hablar en nosotros. Así podremos ser auténticos portadores de la verdad de Dios, construida en torno al amor y la caridad.

(Artículo de Alfredo Garland en Aciprensa)